lunes, 15 de agosto de 2016

Vagón descarrilado

Parar, reflexionar. Todo el mundo huye, es mejor vivir en este mundo que no se detiene, que pese a todo sigue y dejarse llevar. Todos tenemos o somos un vagón de distintos trenes, un vagón que cuidamos y cargamos de sueños y metas por las que vivir y dedicar nuestro tiempo. Pero llega un momento que, ya sea por obligación o por necesidad, decides bajarte del tren y pararte a pensar. En mi caso fue una mezcla, mi vagón descarriló inesperadamente y ninguna excusa me convence ni me va a convencer de las causas, porque sé que realmente no es la verdadera, llamémoslo... intuición.

En ese vagón iban todas mis ganas, mis ilusiones, el esfuerzo, la dedicación y el compromiso de todo un año (que además había sido más que ninguno). Quizás por eso se descarriló, pesaba demasiado, lo cargué dando más de lo que iba a recibir y no aguantó.  Ya son muchos años cambiando el vagón, adornándolo de diferentes maneras, llenándolo de ideas, actitudes y vidas distintas, adaptándome a las circunstancias de la vía, a las características de los otros vagones para seguir el camino al "mismo" ritmo. Con tanto cambio ya ni siquiera sé quién soy ni cómo actuaría en realidad sin las exigencias del maquinista. Quizás también por eso se descarriló, por no tener suficiente personalidad para guiar mi propio vagón y simplemente dejarme llevar.

Todos estos meses de ausencia, todo este tiempo fuera de la vía, parada, desconcertada, llena de rabia e impotencia, me ha servido para pensar y llegar a la conclusión de que ya no voy a ser quien no soy por agradar y cumplir las exigencias de un maquinista que a la hora de la verdad no sabe apreciar mi implicación y mi trabajo, que ya no sirve de nada adaptarse porque siempre va a haber un excusa absurda para mí que me haga salir. Por lo tanto, ha llegado el momento de cambiar de tren, de embarcarme en una nueva aventura en busca de ese reconocimiento que aquí no voy a tener porque otros vagones haciendo menos llegan más lejos y son privilegiados, de primera clase. Porque las palabras pueden engañar, pero los números no y todo está muy claro ya, no me vuelven a tirar, no me vuelven a pisar, no vuelvo a ser la tonta que siempre está ahí luchando porque el tren llegue a su destino y solo recibe patadas que la empujan fuera.

Como todo, siempre hay algo positivo, en este caso mis queridos pasajeros no tienen culpa de nada y me demuestran cada día que para ellos soy importante, que me quieren y me echan de menos tanto como yo a ellos. Es por ellos y solo por ellos que seguiré con mi vagón por una vía paralela, al margen, una vía secundaria que no luche tanto por el destino del tren, sino por el bienestar de los pasajeros, al fin y al cabo, es lo que me merezco, recibir un poquito de todo lo que doy.

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